A los 5 meses de embarazo decidí hacerme una eco para conocer el rostro de mi hijita.
Desde ahí quedé enamorada de sus ojitos dormilones, su perfil perfecto y su pequeña boquita, pero también comprendí que había sido elegida para ser mamá de un ángel especial.
En esa eco le detectaron espina bífida con meningocele (un mal congénito multifactorial, que consiste en que el tubo neural no cierra correctamente), por supuesto que en ese momento no entendí nada, solo pude sentir un gran sentimiento de culpa y un miedo que se apoderó de mí.
Fue sin duda la peor noticia que un padre o madre puede recibir, uno espera a sus hijos con tanta ilusión, con tanto amor, que lo que menos espera es saber que vienen con algún mal.
Los meses siguientes a esa eco fueron realmente duros, llenos de dudas, diversos pronósticos, distintas opiniones, la distancia física de mi esposo por cuestiones de trabajo; pero todo lo superamos con fe en Dios, el amor de mi esposo y de mi familia, además de su incondicional compañía.
Admito que aún lloro cuando recuerdo ese momento, aún siento la misma angustia, el miedo por la salud de mi hija y la culpa todavía me persigue...
Y desde ahí aprendí que la vida te puede cambiar en un instante, que Dios pone pruebas a tu vida, continuamente, comprendí que nada es perfecto, que nada sale como lo planeaste, que uno es insignificante al lado de Dios... y finalmente comprendí que la fe en Dios realmente logra milagros. Hoy tengo a su mejor obra en mi casa, jugando, corriendo, saltando, hacieno travesuras y regalandome siempre una hermosa sonrisa y un tierno beso, que solo me confirman que Dios existe y nos ama...